Insomnio
Esto no es una historia, ni un cuento, ni un mito. Es un gran paso, porque pase lo que pase, habrá sido un gran paso en la vida de cualquier persona que lo haya vivido.
Lógicamente como toda pesadilla, comienza una noche. Una célebre noche en que digamos, como es común, las ansias me hicieron sucumbir ante el discado de un número telefónico. Por supuesto, su número telefónico.
No faltaba más, para completar el panorama, que la ausencia de una atención. El teléfono discado nunca fue contestado.
Ante tal dilema, mi mente no dejó de ordenarme insistir. A tal punto que mis dedos no me pertenecÃan. El Teléfono repicaba y repicaba, pero su ausencia era eterna.
Asà que como muchas otras veces, sucumbà nuevamente ante mis necios deseos de averiguar qué pasaba.
Tomé mis cigarros, junto con las llaves de mi vehÃculo. Y me fui rumbo a mi destino, incierto, pero destino al fin.
Llegando a su urbanización como a eso de las 8:10pm no fue tarea fácil conseguir un puesto. Aunque finalmente logré situarme en un punto casualmente lejano de su residencia, a unas cuadras no más.
Bajándome del vehÃculo lo primero que pude apreciar era la euforia contenida en la gente que me rodeaba. Gente celebrando, gente ebria, gente olvidadiza… gente “felizâ€. Gente que camina, se sienta, toma, y va al baño. Definitivamente entre ellos no estaba yo, por lo menos en ese instante. Aunque envidioso de estarlo debido a mi denigrante situación.
Sin hacer mayor esfuerzo en entender aquellos que ni siquiera se entienden a sà mismos, me fui rumbó al teléfono público. No cualquier teléfono público, vale la pena aclarar, sino el único teléfono en su cercanÃas que milagrosamente permite discar los números de llamada de servicio (0800…). Asà que, haciendo uso de la clave libre habilitada por un gran amigo, pude discar nuevamente su teléfono… una y otra vez, ya que como es de suponerse, la ausencia persistÃa.
Caminar, para luego llamar al teléfono, era la labor del dÃa. Dar vueltas a la manzana, mirar a la gente que no parece gente, discar un mismo número una y otra vez, parecÃa en ese momento mi única razón para existir.
Pude cansarme de oÃr consignas polÃticas de la gente que hacia manifestación en la plaza y de escuchar gritos y risas de los ebrios de los locales adyacentes. Tuve tiempo de cansarme de caminar, de mirar el cielo, de fumar y escapar a los sospechosos. Tuve tiempo suficiente para que ya mi conciencia estuviera completamente carcomida por mis malos presentimientos y pensamientos.
Yo sabÃa que estaba pasando. No se trataba de cualquier dÃa en que no escuchaba su teléfono celular. Era el dÃa en que realmente mis sospechas comenzaban a hacerse realidad. Justamente se trataba del dÃa que pensé que nunca llegarÃa. Y lo estaba viviendo a cámara lenta. Sin perderme el más mÃsero detalle.
Desesperación y desesperanza eran las palabras claves que se leÃan en mi rostro. Celos y tristeza eran las joyas que sostenÃa entre mis manos. No era nadie, más que un vagabundo pensando en su amor… sintiéndose morir.
Ni siquiera las lágrimas saltaban a mi rostro. Todas llovÃan por dentro, ahogando mi corazón desenfrenado.
Exactamente no recuerdo cuando tiré la toalla. Cuando fue que decidà irme de aquel sitio, no lo sé. Sólo tengo un aproximado de 2 horas que parecieron eternas. Puede que para ese entonces ya fueran pasadas las 10:30pm.
Fue entonces cuando, completamente hecho ruinas me jugué mi última caminata. Asà que di la vuelta a la manzana. Pasando por la calle de los hoteles, donde las prostitutas se supone que deberÃan estar. Siguiendo por la plaza, donde las consignas no significaban nada para mÃ. Rozando a la gente que se aglomeraba saliendo de uno que otro restaurante.
A escasos 20 metros de su residencia fue que pude verla. Y no estaba sola.
Era yo una gigantesca y orgullosa embarcación, que habÃa apenas visto el gran témpano de hielo que le retaba. Era una embarcación cargada de pasajeros alucinantes, bellos recuerdos y detalles en primera clase, y fuertes convicciones y sentimientos en la clase obrera. La embarcación perfecta, rumbo al paraÃso.
De esa manera pude entender porque los desastres se repiten cuando las cosas son magnificentes.
No podÃa tomar otro camino. No podÃa esquivar ese témpano de hielo. Ese témpano era la prueba fehaciente de que mi barca no era tan magnifica. Era la prueba de mi orgullo. Era la frÃa muerte de mi amor, esperándome a 20 metros en frente de su casa.
Con un gran nudo en la garganta me fui acercando. A medida que me acercaba fui detallado el paisaje. Ella estaba al lado derecho de un tipo que hablaba recostado de un carro que yacÃa estacionado en la acera. Efectivamente habÃa también una persona dentro de aquel vehÃculo quien le dirigÃa la palabra con atención a aquel tipejo.
Me repetà muchas veces antes de llegar a tocar su hombro – “Realmente quieres vivir este momento… tu sabes que no lo vas a olvidar… tu sabes de lo que estas hecho†–
Pero definitivamente creo que tengo muy en claro de lo que estoy hecho. Y si me preguntaran ahora mismo ¿de qué?, tendrÃa que decirles simplemente: “Detallesâ€. Estoy hecho de innumerables detalles que se anidan unos con otros, que tienen una relación en mi mente y que a veces me cuesta distinguir cual puede ser más real o verosÃmil de ellas, aunque para mis adentros son lo suficientemente reales como para destruirme o recrearme.
Toqué su hombro. Dije – “Hola… te he estado llamando toda la tarde.â€. Ella con cara de quien ha sido tomado por sorpresa me devolvió el saludo, y me beso rápidamente en la boca, como para que nadie se diera cuenta y pensaran que se trataba de un beso en la mejilla. Pero su plan no pareció funcionar, ya que el individuo que estaba dentro del vehÃculo dijo a un tono bastante alto, dirigiéndose a mi – “¿Se puede saber que haces tú dándole un beso a mi novia?†–
Mirándolo a los ojos lo único que pude sentir fue como hervÃa mi sangre. No podÃa creer que estaba escuchando eso… no después de haber pasado 4 años con ella. Era casi imposible escuchar salir ese comentario de una boca ajena. Pero en cuestión de segundos y antes de poder reaccionar de alguna manera más que con mi cara de susto, la miré, y ella sonrió, eso me extraño más todavÃa, asà que lo miré a él nuevamente y éste comenzó a reÃrse. Entonces comprendà que se trataba de un chiste, de un mal chiste, en un pésimo momento.
Éste individuo del humor pésimo se bajo del vehÃculo mientras seguÃa intercambiando palabras con el tipejo que estaba a mi lado izquierdo. El mal comediante acomodaba su chaqueta mientras hacia comentarios insulsos acerca del vestuario que tuvo que ponerse ese dÃa y que los pantalones que tenÃa se los habÃa buscado en un sitio X…. blah blah blah.
Fue en ese momento en que pude reconocer al gran payaso sin gloria. Se trataba de uno de los concursantes del peor real show que ha tenido la televisión venezolana (protagonistas de novela). Se llamaba Angel.
Irónicamente mi mente ató los detalles de ese encuentro. Era como si el destino me jugara una mala broma, como si yo formara parte de un mal chiste contado por un humorista de segunda.
Recordé como hace, quizás ya, casi un año nos habÃamos topado con ese individuo en una discoteca llamada “Goalâ€. Yo estaba en compañÃa de mi novia (como la solÃa llamar en ese entonces) y de una de sus “mejores amigasâ€, Laura. A diferencia del dÃa de hoy ese habÃa sido un momento de gracia y alegrÃa. Laura se sentÃa atraÃa por ese payaso, e inocentemente yo decidà llamarlo y presentárselo para darle un toque pintoresco a nuestra estadÃa en el local. Angel muy cariñosamente se presento de una manera caballerosa mientras soltaba uno que otro comentario halagador. Luego se marchó. Y nosotros 3 reÃmos y bromeamos acerca de aquel momento que ingenuamente recordamos con cierta alegrÃa pasajera.
Ese payaso actuó en mi reino cuando todavÃa tenÃa reina, y ahora se burlaba de mÃ, cuando yo yacÃa en escombros. Inocentemente me mostró la ironÃa del destino, y no fue más que la introducción a lo que estaba por venir.
Para ese momento ya yo me habÃa apartado de aquellos dos personajes. Alejándome para poder hablarle a ella. Entonces le dije – “¿De que se trata esto, por qué no me atendÃas las llamadas?†– Lógicamente no podÃa entenderlo, ya que supuestamente nos encontrábamos en un perÃodo de prueba, al cual miserablemente llamamos “Oportunidadâ€. Por supuesto la oportunidad era para mÃ. La oportunidad de recuperar su amor. La falsa oportunidad que ella me prometió en un momento por la cruel razón de no seguirme escuchando.
Y ella respondió – “No querÃa atenderte…â€. –
Sus palabras se enterraron en mi corazón, y apretaron aun más el nudo en mi garganta. Yo podÃa oler su sentimiento de culpa y su vergüenza. Vergüenza de mÃ, y conmigo. Vergüenza ante el tipo que yo desconocÃa.
– “Debo suponer que estas saliendo con este carajo, ¿acaso te gusta?†– Dije. Cómodamente ella asintió – “Si, hoy me llamó y salà con el. Él me atrae, me llama la atención, asà que decidà salir con él, aunque es primera vez que lo hago.†–
La crudeza de sus palabras era tal que me hacÃan dudar acerca del amor que debÃa profesarle. Su aliento estaba bañado de alcohol y de rabia. Rabia de verme allà y haberla descubierto.
¿Primera vez?… cómo creer en eso, si supuestamente me habÃa dado una oportunidad. Cómo creerle si ella me habÃa prometido expresamente confesarme si en algún momento decidÃa salir con alguien o si se sentÃa atraÃda por otra persona.
Me sentà engañado. Traicionado.
Entonces se acercó el tipejo. Una persona delgada (muy adecuada a sus gustos), de ojos claros y cabello castaño claro semi largo. Con ojos vidriosos por el alcohol el muy descarado se dirigió a ella diciendo – “Voy a estar en frente tomándome un whiskey.†– Ella asintió con su cabeza, casi como pidiéndole disculpas y llena de vergüenza. Luego él cruzó la calle y se fue al restaurante Fridays.
Pude darme cuenta que no solamente el tipejo tenÃa la pinta que a ella le gusta. Sino también era un ser disimuladamente sociable que le gusta conocer gente del ambiente para resaltar, y por su puesto, por su último comentario, disponÃa de dinero. Pudo muy cómodamente decir “Voy a tomarme algo†o quizás “Voy a tomarme una cervezaâ€, pero sus intenciones eran más que el simple hecho de transmitir la información de su localización.
El mensaje oculto para mà era, “Tengo dineroâ€. Claramente ese mensaje no era el mismo para ella. El mensaje para ella era, “Quiero pasar este mal rato con una bebida fuerteâ€. De esa manera, muy inteligentemente, aunque particularmente pienso que muy ingenuamente, el logró su cometido. Cada quien atrapó el mensaje correspondiente, a pesar de que pude interceptar ambos.
Ya destrozado, fui camino a la entrada del estacionamiento de su residencia. Para no caerme, porque mis piernas temblaban como si sostuvieran toneladas sobre si mismas. Me senté en un pequeño muro.
Ella me acompañó, e intercambiamos palabras.
La conversación resultó lo suficientemente hiriente como para nunca olvidarla. Ese fue su último gran regalo. Insinuándome que era su tormento, que la acosaba. Pidiéndole disculpas por perder la calma. Lamentándose por aun tener que verme próximamente a causa de su computadora estropeada, aun en mi casa. Recordándome una y otra vez, de mil y un maneras que simplemente ya no me amaba. Y restregándome su descarada prisa por ir al encuentro del tipejo nuevo al local de en frente.
No sólo con eso, y por haber indagado, me encaró con la triste realidad de su atracción por el otro. Explicándome la casi segura ocasión de unos besos y caricias con esa maldita boca maltrecha.
Ya sin aliento. Sin voz. Con un abismo en mi pecho y el tÃpico nudo en la garganta, mis lágrimas decidieron saltar a mi rostro como un vaso rebozándose de agua, y le dije – “¡Que ironÃa!, yo aquà destrozado de amor por ti… y aquel tomándose un trago, y sin sentir por ti una cuarta parte de lo que siento, irás a su encuentro.â€
Pude ver en sus ojos lo absurdo de mi significado. Y su inerte prisa que solo pedÃa a gritos que me fuera. – “¿Cómo tienes alma para hacer esto?â€, Reclamé – Me puse de pie y mientras me hacÃa a un costado exclamé – “¡Bendita sea la inocencia de ese ser!… ¡Tiene demasiada suerte!… CuÃdate.†– Y alejándome continué pensando en lo incompleta de mi frase, el vivo reflejo de cuando no se dice todo lo que se piensa para no herir – “Bendita sea la suerte de ese ser… Tiene demasiada suerte de no amarte. CuÃdate… de tu necia voluntad por surgir de donde lo tienes todoâ€.
Alejándome… la observé una vez más. Cruzar la calle y patear mi dignidad. Rumbo al encuentro de otro. De una nueva sonrisa. Al encuentro de la incógnita de un pensamiento distinto. Otros labios, otra mirada, otro cuerpo. Otro que le ofrece lo que yo ya no puedo. La emoción de una primera vez.
La sutileza de un primer encuentro derrumbó mi obra maestra. Mi más bella relación sucumbió ante las necesidades más básicas de una mujer. Libertad mal interpretada. Decepciones sin ánimos de ser superadas.
Bien es cierto que nada es eterno. Todo muere. Pero ese detalle no es excusa para no aceptar que existen ciertas cosas que pueden morir junto y con nosotros.
Asà que me llevé mi despreciado amor en un bolsillo.
Mis sospechas, mi más profundo temor se habÃa materializado justo en frente de mis ojos.
Mi magnificente embarcación habÃa naufragado. Se hundÃa hecha pedazos, con su capitán a bordo y todos sus pasajeros aterrorizados.
Entré por las puertas de mi propio infierno. Y sin remedio alguno caminé hasta mi vehÃculo.
En medio de mi desafortunada experiencia me vi retratado en uno de los roles que nunca pensé interpretar. Y asà mismo, en medio de cuestionamientos a Dios, en medio de lágrimas, arrepentimientos y muchos “¿por qué?â€, llegaba a la sabÃa conclusión que no dependÃa de mà decidir cuales papeles interpretarÃa en mi vida. Ellos llegaran en su debido momento, sin importar cuan benditos o malditos puedan ser.
Entonces llegué a pensar – “Lo vivirás en carne propia†–
Sumergido en el despecho, me dirigà al primer cajero automático de la zona. Retiré algo de dinero y emprendà mi propia marcha en busca de un objetivo necesario para la circunstancia… alcohol.
Fui comprando cervezas en el camino. Por donde pasara y se me acabara la bebida hacia una corta parada en busca de más. Fumaba y tomaba, como quien usa un bálsamo para aliviar el dolor. Pero lo único que lograba era incrementar el grado de mi pensamiento obsesivo. Hundiéndome cada vez más, continué sin darle mayor importancia a lo que serÃa de mÃ.
Entonces, con mi errante conducir, pasaba justo por la avenida principal de Las Mercedes cuando el tráfico se detuvo sorpresivamente. Aparentemente sin motivo alguno. Encendà un cigarro más con el rostro bañado en lágrimas tratando de calmar mi crisis. El tráfico avanzaba muy lentamente.
Bajé el volumen de la radio cuando pude observar que a escasos metros del semáforo habÃa un choque. Eso era el motivo del tráfico repentino. Un choque que al parecer habÃa ocurrido hace algunos minutos. A mi lado izquierdo pasó muy rápidamente una moto deportiva con una bella chica de parrillera que llevaba un pequeño bolso blanco colgando de su espalda.
Detalles… más detalles tocaban a mi puerta. Para mi sorpresa uno de los vehÃculos protagonista del choque era un Corsa blanco, que yacÃa completamente sobre la acera de la esquina izquierda impactado contra el muro de un edificio. Irónicamente recordé como mi antiguo vehÃculo, un Corsa gris, habÃa quedado de la misma forma en una esquina de Plaza Venezuela cuando fui impactado por un Malibu. Milagrosamente salà ileso de aquel viejo siniestro, yo y mis acompañantes de aquel dÃa.
El segundo personaje del choque era un rústico cuatro puertas, cuya marca no puedo recordar, posiblemente una Cherokee o una Toyota. Esta Camioneta estaba mucho menos golpeada, apenas se podÃan apreciar unos daños en su parte frontal.
Por desgracia el conductor del Corsa no parecÃa haber tenido tanta suerte. Quedé completamente paralizado cuando vi el bolso blanco a las espaldas de la muchacha de la moto. Ella estaba arrodillada sobre el pobre infortunado conductor del Corsa, un muchacho joven vestido de jean y franela Adidas. Clavé mi mirada fijamente en esa fotografÃa, seguidamente el conductor de la moto sostenÃa la cabeza del muchacho, y ambos, la chica sosteniendo su mano y el otro sosteniendo su cabeza exclamaban desesperados pero con mucha esperanza – “¡Tú puedes con esto!… ¡Vamos, todo va a salir bien!… ¡Resiste por favor, yo sé que tu puedes!â€.
Aún conmocionado seguà de largo. Pisé el acelerador a fondo. Y me pregunté – “¿Asà llegarán los mensajes de Dios a nuestras vidas?†–
No sólo era irónico el mismo hecho que fuera una reproducción en otra localización de un choque en el que yo habÃa estado, y que gracias a Dios habÃa salido ileso. Eso era la parte más básica del mensaje, donde se me decÃa “Todo pudo ser peor… Todo puede ser peorâ€.
También me perturbaba lo paradójico de las palabras dirigidas de parte de los motorizados hacia el pobre muchacho. Era como si justamente tenÃa que escucharlos en ese momento en que mi soledad no me permitÃa escucharme decir esas palabras de consuelo. Era como si el universo estuviera de alguna extraña forma dando a cada uno de nosotros lo que realmente necesitaba ver, escuchar o experimentar.
Aquellas palabras me acompañaron por el resto de la noche… “¡Tú puedes con esto!… ¡Vamos, todo va a salir bien!… ¡Resiste por favor, yo sé que tu puedes!†y con todo el respeto me las tomé personalmente, a pesar que no eran para mÃ, extrañamente les habÃa prestado atención. Necesitaba escucharlas, necesitaba sentirlas en aquel momento donde quizás el alcohol y mi crisis me hubieran llevado a un lugar menos apropiado.
Un poco más tranquilo, con un leve sollozar en mi mente continué mi camino. Compré una cerveza más. Y me fui de nuevo al lugar de los primeros acontecimientos de la noche.
Estacioné el vehÃculo en una farmacia de la misma cuadra. Me bajé y caminé hacia el edificio nuevamente. Pasé por el lugar donde justamente ella estaba hablando con Angel y el tipejo. Pasé luego el pequeño muro donde descansé mis piernas y hablé con ella. Y seguà directo a las puertas de su edificio. Me detuve justo en frente del intercomunicador y soñé despierto lo que muchas veces habÃa sido una trivialidad molesta para mÃ… marcar su número de apartamento, avisarle que estaba abajo, y esperar a que finalmente bajara. PodÃa verla bajar las escaleras del fondo del pasillo. PodÃa verla tocar el interruptor que abre la puerta y luego acomodarse ligeramente el cabello en el espejo a su izquierda… Finalmente llegó a la puerta y me sonrió, como siempre suele sonreÃr. Abrió y me saludó con un tierno beso en la boca…
Ya ese momento no se repetirá jamás. Ahora ese momento tiene una importancia invaluable en mi vida. Y una importancia miserable en la de ella.
Dejé de soñar y caminé hacia un costado, donde estaba la tienda de sastrerÃa con la santa marÃa abajo. Miré al piso al lado derecho de la santa marÃa y observé un solitario vagabundo arropado de los pies a la cabeza. Me hice más al lado izquierdo, llegué al otro extremo de la santa marÃa y allà me senté. Empinando mi cerveza después de cada aspirar del cigarro y viendo el friolento temblar del mendigo arropado, que lentamente me fue contagiando. Primero su frÃo, más tarde su absoluta sensación de abandono.
Aquel hombre friolento destapó su cabeza al sentir mi presencia. Me miró a los ojos, y sin pedir explicación alguna ni hacer mayor hincapié en nada, dijo – “Hola primo†– Incorporándose nuevamente a su posición de capullo.
Le devolvà aquel corto saludo igualmente sin importar que hubiera pensado aquel hombre de mà y continué con mi cerveza.
Recordé. Quizás demás, en aquel lugar. Hice innumerables oraciones y pedà gran cantidad de deseos. Allà agoté hasta la última gota de mi esperanza… y de mi última cerveza.
Por fin, me incorporé y me dirigà al vehÃculo. No sin antes voltear y verla una vez más cruzar la calle, sin mirarme, dándome su espalda.
Encendà el vehÃculo y rodé directamente a la cuadra donde estaba el teléfono mágico, entonces, llamé al amigo que me habÃa dado el truco. Para colmo, me atendió la contestadora, asà que le dejé un breve resumen de menos de un minuto de todo lo que habÃa pasado esa noche.
Finalmente me fui a casa ese dÃa, como a eso de las 5:30am.
Lógicamente, a los dÃas pude enterarme que las cosas habÃan sido un tanto diferentes, como siempre lo son. Ella confesó en una llamada telefónica que se habÃa besado con el tipejo incluso antes de llegar a encontrarme esa noche…
Faltó su palabra de supuesta oportunidad que me brindaba, de la manera más básica que comúnmente se le puede llamar infidelidad. ¿Será infidelidad si ya no me amaba?. Para ella no lo es asÃ. Para ella, simplemente no dijo la verdad del todo. Para ella solamente estaba jugando a ser misericordiosa con un ser que aun la amaba con toda el alma. Pero para mÃ, tristemente, sigue siendo una infidelidad. Una traición demasiado pronta e imborrable en mi conciencia. Para mà es una pesadilla que se ha hecho dueña de mis noches. Para mà es un pensamiento obsesivo que se ha hecho dueño de mis dÃas. Es un estado permanente de semi conciencia entre dormido y despierto. Un letal insomnio en la absoluta pureza de su significado.
Esto no es una historia, ni un cuento, ni un mito. Es un gran paso… un gran paso para los que aun no han concebido la infinidad de la estupidez humana.
Lo tuve todo y lo perdÃ. Ella lo tiene todo aún, pero ya no lo ve asÃ.
Ambos buscamos una solución lejos de nosotros. Una persona mejor que nunca llegará. Porque no existen mejores ni peores. Solo existe el amor y la fé en cada una de sus diferentes facetas…
y DETALLES.












