La confianza apesta

Es frustrante saber que fuimos, talvez seamos y quizás lleguemos a ser tan parecidos. A pesar del género los impulsos naturales dominan nuestras acciones. Respondemos a los mismos estímulos, pecamos con la misma piel.

“Sólo hace falta que te corra sangre por las venas”…

Sabias palabras de una grandiosa amiga y hermana. Para que ocurra no hace falta más que eso. Para que suceda lo inevitable, el brutal encuentro de emociones ocultas ante quienes se sienten heridos por ellas. La satisfacción del yo en su máxima expresión.

Cuando me sepa sólo. Cuando me sepa en anonimato… responderé de la misma manera que lo haría ella. Actuaré por y para satisfacer mi capricho. Rascaré esa comezón. Saldré de esa duda. Saciaré el ansia por probar algo ligeramente distinto y novedoso.

Ella haría lo mismo. Ella hizo lo mismo.

Es doloroso saber que ocurrirá nuevamente. A pesar de cualquier nueva oportunidad, a pesar que el perdón algún día llegue, tengo la certeza que pasará de nuevo.

Siempre habrá quien desate una nueva duda. Siempre habrá que aclararla luego. Y siempre habrá que callar rogando que nunca salga a la luz. Porque ante el descubrimiento del egoísmo, de la traición consumada, no hay pretextos sino dolor y reproche. Más tarde llega el odio y la repulsión.

Nadie quiere sentirse culpable. Mucho menos detestado por el ser amado. Pero todos necesitan satisfacer sus impulsos más bajos, sus pasiones más oscuras. Los deseos más aberrados que nada más podemos soportar en nuestra conciencia pero no en la del ser amado.

Es triste saber que los prejuicios entre géneros nublan el juicio. Es deprimente como los hombres buscamos las rameras para divertirnos pero todos nos queremos casar con una mujer decente.

Entonces sólo nos queda escoger entre los dos tipos de mujeres decentes: las que siempre lo han sido; y las que no lo son pero lo desconocemos. Las que siempre lo han sido en algún momento dejarán de serlo y las que desconocemos algún día descubriremos su verdad y sabremos entonces que algún día repetirán lo que siempre han hecho.

Después de todo no somos tan diferentes. Sólo jugamos a las escondidas con las personas que más amamos. Vivimos un perenne carnaval de luto. Ocultando el desnalgue de impulsos que nos llevan a errar y acertar. Celebramos nuestros aciertos y nos martirizamos por nuestros errores para dar lástima y buscar el perdón.

Somos igual de bajos después de todo.

Es estresante saber que la paz es temporal. Saber que inevitablemente otra herida se abrirá.

Es completamente inútil confiar. La confianza es la mentira más grande que han inventado las parejas monógamas para vivir en paz amándose.

Soberana la impotencia de saber que quien ama de corazón será traicionado. Tarde o temprano. Lo sepa o no.

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