Hablemos de la rutina. ¿Amiga o enemiga?
Todos nos quejamos de ella a menudo, pero sin ella la mayorÃa de nosotros estuviese completamente perdido, sin horizonte alguno. Indeseable y necesaria, asà parece ser.
En innumerables ocasiones he visto perecer relaciones de pareja por el “mal de la rutina”, he podido ver como aquello que nos enamora luego se convierte en un martirio. Tarde o temprano todos repetimos lo que somos, nos reafirmamos constantemente. Nos convertimos en rutina para los demás, para quienes amamos.
No podrÃa afirmar contundentemente que los hombres tenemos mayor tolerancia a la rutina, pero por experiencia propia he visto mayor número de mujeres peder la paciencia al respecto. Sin embargo cuando las mujeres se reúnen con sus amigas podrÃa apostar que hacen exactamente lo mismo que hicieron la última vez que se vieron… al igual que nosotros los hombres. En todo caso lo que varia es el chisme, pero ese no es el punto de lo que escribo.
Lo que hasta cierto punto me incomoda es esta especie de “culto antirutina” que veneran algunas personas. Todos los extremos son malos. Y me pregunto de verdad cómo podrÃan sobrellevar estas personas sus relaciones de pareja, con la ilusión de que sean estables, pero que no caigan en la rutina. Amigos mÃos, la estabilidad es una rutina.
La estabilidad es peligrosa porque puede adormecer nuestros sentidos, estancarnos en nuestro desempeño profesional, personal y sentimental, sin embargo es deseada por la mayorÃa de nosotros.
En cuanto a mi respecta, me parece que para variar la rutina no hace falta abandonarla. Las rutinas crecen y se hacen más grandes, pueden ser alimentadas pero lo que realmente importa en una rutina es redescubrir los personajes en ella.
¿Cuantos hombres no han regalado rosas en una ocasión a sus prometidas? ¿Y cuantos no han repetido ese mismo regalo en muchas otras ocasiones (abarcando una gran gama de flores)? Un dÃa una docena de rosas. Otro dÃa un ramo de cincuenta rosas. Cientos de rosas. Un cuarto lleno de rosas…
Pareciera que la cantidad aumentara con la necesidad de intensificar el “detalle” con tal de no hacerlo ver rutinario. En mi caso personal he visto pasar desapercibidas las flores en mi cara… con un miserable gracias con suerte.
Con este ejemplo tan sencillo lo que quiero explicar es lo siguiente: ¿no sigue siendo hermoso el detalle de las flores? El caso parece que para quien las regala si, pero para quien las recibe no. Quien las regala sabe lo que significan, quien las recibe ya ha olvidado su significado. Quien las regala sabe a quien se las dedica, quien las recibe ya no encuentra la dedicatoria. En resumidas cuentas, el primero redescubre un personaje como el motivo de las flores, el segundo ya piensa que las flores son el motivo.
Redescubrirnos dentro de nuestras rutinas las hace novedosas, ligeras y emocionantes, porque verdaderamente por más que las circunstancias sean parecidas en diferentes intervalos de tiempo, nosotros no lo somos.
Descubrir le da un significado a algo. Redescubrir le da un significado a algo. Ambos significados no necesariamente son similares.
Paulo Coelho cita en su libro “Manual del Guerrero de la Luz” una de las enseñanzas de Nachman Bratzlav: “Si no consigues meditar, debes repetir apenas una simple palabra, porque esto hace bien al alma. No digas nada más, apenas repite esa palabra sin parar incontables veces. Ella terminará perdiendo su sentido y después adquirirá un significado nuevo. Dios abrirá las puertas, y tú terminarás usando esta palabra para decir todo lo que querÃas.”