Archive for the 'Los Detalles' Category

Rutina

Thursday, December 30th, 2004

Hablemos de la rutina. ¿Amiga o enemiga?

Todos nos quejamos de ella a menudo, pero sin ella la mayoría de nosotros estuviese completamente perdido, sin horizonte alguno. Indeseable y necesaria, así parece ser.

En innumerables ocasiones he visto perecer relaciones de pareja por el “mal de la rutina”, he podido ver como aquello que nos enamora luego se convierte en un martirio. Tarde o temprano todos repetimos lo que somos, nos reafirmamos constantemente. Nos convertimos en rutina para los demás, para quienes amamos.

No podría afirmar contundentemente que los hombres tenemos mayor tolerancia a la rutina, pero por experiencia propia he visto mayor número de mujeres peder la paciencia al respecto. Sin embargo cuando las mujeres se reúnen con sus amigas podría apostar que hacen exactamente lo mismo que hicieron la última vez que se vieron… al igual que nosotros los hombres. En todo caso lo que varia es el chisme, pero ese no es el punto de lo que escribo.

Lo que hasta cierto punto me incomoda es esta especie de “culto antirutina” que veneran algunas personas. Todos los extremos son malos. Y me pregunto de verdad cómo podrían sobrellevar estas personas sus relaciones de pareja, con la ilusión de que sean estables, pero que no caigan en la rutina. Amigos míos, la estabilidad es una rutina.

La estabilidad es peligrosa porque puede adormecer nuestros sentidos, estancarnos en nuestro desempeño profesional, personal y sentimental, sin embargo es deseada por la mayoría de nosotros.

En cuanto a mi respecta, me parece que para variar la rutina no hace falta abandonarla. Las rutinas crecen y se hacen más grandes, pueden ser alimentadas pero lo que realmente importa en una rutina es redescubrir los personajes en ella.

¿Cuantos hombres no han regalado rosas en una ocasión a sus prometidas? ¿Y cuantos no han repetido ese mismo regalo en muchas otras ocasiones (abarcando una gran gama de flores)? Un día una docena de rosas. Otro día un ramo de cincuenta rosas. Cientos de rosas. Un cuarto lleno de rosas…

Pareciera que la cantidad aumentara con la necesidad de intensificar el “detalle” con tal de no hacerlo ver rutinario. En mi caso personal he visto pasar desapercibidas las flores en mi cara… con un miserable gracias con suerte.

Con este ejemplo tan sencillo lo que quiero explicar es lo siguiente: ¿no sigue siendo hermoso el detalle de las flores? El caso parece que para quien las regala si, pero para quien las recibe no. Quien las regala sabe lo que significan, quien las recibe ya ha olvidado su significado. Quien las regala sabe a quien se las dedica, quien las recibe ya no encuentra la dedicatoria. En resumidas cuentas, el primero redescubre un personaje como el motivo de las flores, el segundo ya piensa que las flores son el motivo.

Redescubrirnos dentro de nuestras rutinas las hace novedosas, ligeras y emocionantes, porque verdaderamente por más que las circunstancias sean parecidas en diferentes intervalos de tiempo, nosotros no lo somos.

Descubrir le da un significado a algo. Redescubrir le da un significado a algo. Ambos significados no necesariamente son similares.

Paulo Coelho cita en su libro “Manual del Guerrero de la Luz” una de las enseñanzas de Nachman Bratzlav: “Si no consigues meditar, debes repetir apenas una simple palabra, porque esto hace bien al alma. No digas nada más, apenas repite esa palabra sin parar incontables veces. Ella terminará perdiendo su sentido y después adquirirá un significado nuevo. Dios abrirá las puertas, y tú terminarás usando esta palabra para decir todo lo que querías.”

Experimentado

Thursday, November 25th, 2004

Un experimento. Eso es mi vida, un largo y curioso cúmulo de pruebas, de acciones y reacciones vistas desde un microscopio y otras veces vistas con un solo ojo, a la distancia y durante una noche sin luna.

No siempre fue así. En un principio todo parecía ir y venir a un ritmo casi impredecible, como las olas del mar. Pero al poco tiempo ya sentía el tiempo de las olas, como se cuentan en una canción.

En eso me he convertido. En un método, práctico y útil. Eficiente para aquello que me es completamente indiferente.

Cuanta lógica hace falta para darse cuenta que calcular cada movimiento no hace más que estropearte el paso. ¡Es como bailar mirándose los pies!
¡Al diablo mi torpe baile de recién graduado!

En mi diario hay muchas formulas para hacer explotar la mente, la boca, el corazón o las entrañas. Nadie las ha dictado para mi. Yo sólo he sido el gran tonto que usa el método científico, quien observa y calla. ¡Cuanto daría por extraviar este diario polvoriento! Pero, ¿para qué si me lo sé de memoria, y cada vez que toso se me revuelven las páginas?

Ya me imagino a los sabios gritando y las momias murmurando. Cuando se habla de la verdad personal atribuirse la razón es una consecuencia inevitable. De todas formas mis conclusiones no son absolutas, como dije, soy consecuencia de un experimento, lleno de errores repetibles por cualquiera, pero irreproducibles en el mismo orden.

“Actos definitivos, fortuitos e irreproducibles en el orden exacto”. ¿De qué estaré hablando, de mi vida o la de cualquiera?

Insomnio

Monday, November 1st, 2004

Esto no es una historia, ni un cuento, ni un mito. Es un gran paso, porque pase lo que pase, habrá sido un gran paso en la vida de cualquier persona que lo haya vivido.

Lógicamente como toda pesadilla, comienza una noche. Una célebre noche en que digamos, como es común, las ansias me hicieron sucumbir ante el discado de un número telefónico. Por supuesto, su número telefónico.
No faltaba más, para completar el panorama, que la ausencia de una atención. El teléfono discado nunca fue contestado.
Ante tal dilema, mi mente no dejó de ordenarme insistir. A tal punto que mis dedos no me pertenecían. El Teléfono repicaba y repicaba, pero su ausencia era eterna.
Así que como muchas otras veces, sucumbí nuevamente ante mis necios deseos de averiguar qué pasaba.
Tomé mis cigarros, junto con las llaves de mi vehículo. Y me fui rumbo a mi destino, incierto, pero destino al fin.
Llegando a su urbanización como a eso de las 8:10pm no fue tarea fácil conseguir un puesto. Aunque finalmente logré situarme en un punto casualmente lejano de su residencia, a unas cuadras no más.
Bajándome del vehículo lo primero que pude apreciar era la euforia contenida en la gente que me rodeaba. Gente celebrando, gente ebria, gente olvidadiza… gente “feliz”. Gente que camina, se sienta, toma, y va al baño. Definitivamente entre ellos no estaba yo, por lo menos en ese instante. Aunque envidioso de estarlo debido a mi denigrante situación.
Sin hacer mayor esfuerzo en entender aquellos que ni siquiera se entienden a sí mismos, me fui rumbó al teléfono público. No cualquier teléfono público, vale la pena aclarar, sino el único teléfono en su cercanías que milagrosamente permite discar los números de llamada de servicio (0800…). Así que, haciendo uso de la clave libre habilitada por un gran amigo, pude discar nuevamente su teléfono… una y otra vez, ya que como es de suponerse, la ausencia persistía.
Caminar, para luego llamar al teléfono, era la labor del día. Dar vueltas a la manzana, mirar a la gente que no parece gente, discar un mismo número una y otra vez, parecía en ese momento mi única razón para existir.
Pude cansarme de oír consignas políticas de la gente que hacia manifestación en la plaza y de escuchar gritos y risas de los ebrios de los locales adyacentes. Tuve tiempo de cansarme de caminar, de mirar el cielo, de fumar y escapar a los sospechosos. Tuve tiempo suficiente para que ya mi conciencia estuviera completamente carcomida por mis malos presentimientos y pensamientos.
Yo sabía que estaba pasando. No se trataba de cualquier día en que no escuchaba su teléfono celular. Era el día en que realmente mis sospechas comenzaban a hacerse realidad. Justamente se trataba del día que pensé que nunca llegaría. Y lo estaba viviendo a cámara lenta. Sin perderme el más mísero detalle.
Desesperación y desesperanza eran las palabras claves que se leían en mi rostro. Celos y tristeza eran las joyas que sostenía entre mis manos. No era nadie, más que un vagabundo pensando en su amor… sintiéndose morir.
Ni siquiera las lágrimas saltaban a mi rostro. Todas llovían por dentro, ahogando mi corazón desenfrenado.
Exactamente no recuerdo cuando tiré la toalla. Cuando fue que decidí irme de aquel sitio, no lo sé. Sólo tengo un aproximado de 2 horas que parecieron eternas. Puede que para ese entonces ya fueran pasadas las 10:30pm.
Fue entonces cuando, completamente hecho ruinas me jugué mi última caminata. Así que di la vuelta a la manzana. Pasando por la calle de los hoteles, donde las prostitutas se supone que deberían estar. Siguiendo por la plaza, donde las consignas no significaban nada para mí. Rozando a la gente que se aglomeraba saliendo de uno que otro restaurante.
A escasos 20 metros de su residencia fue que pude verla. Y no estaba sola.
Era yo una gigantesca y orgullosa embarcación, que había apenas visto el gran témpano de hielo que le retaba. Era una embarcación cargada de pasajeros alucinantes, bellos recuerdos y detalles en primera clase, y fuertes convicciones y sentimientos en la clase obrera. La embarcación perfecta, rumbo al paraíso.
De esa manera pude entender porque los desastres se repiten cuando las cosas son magnificentes.
No podía tomar otro camino. No podía esquivar ese témpano de hielo. Ese témpano era la prueba fehaciente de que mi barca no era tan magnifica. Era la prueba de mi orgullo. Era la fría muerte de mi amor, esperándome a 20 metros en frente de su casa.
Con un gran nudo en la garganta me fui acercando. A medida que me acercaba fui detallado el paisaje. Ella estaba al lado derecho de un tipo que hablaba recostado de un carro que yacía estacionado en la acera. Efectivamente había también una persona dentro de aquel vehículo quien le dirigía la palabra con atención a aquel tipejo.
Me repetí muchas veces antes de llegar a tocar su hombro – “Realmente quieres vivir este momento… tu sabes que no lo vas a olvidar… tu sabes de lo que estas hecho” –
Pero definitivamente creo que tengo muy en claro de lo que estoy hecho. Y si me preguntaran ahora mismo ¿de qué?, tendría que decirles simplemente: “Detalles”. Estoy hecho de innumerables detalles que se anidan unos con otros, que tienen una relación en mi mente y que a veces me cuesta distinguir cual puede ser más real o verosímil de ellas, aunque para mis adentros son lo suficientemente reales como para destruirme o recrearme.
Toqué su hombro. Dije – “Hola… te he estado llamando toda la tarde.”. Ella con cara de quien ha sido tomado por sorpresa me devolvió el saludo, y me beso rápidamente en la boca, como para que nadie se diera cuenta y pensaran que se trataba de un beso en la mejilla. Pero su plan no pareció funcionar, ya que el individuo que estaba dentro del vehículo dijo a un tono bastante alto, dirigiéndose a mi – “¿Se puede saber que haces tú dándole un beso a mi novia?” –
Mirándolo a los ojos lo único que pude sentir fue como hervía mi sangre. No podía creer que estaba escuchando eso… no después de haber pasado 4 años con ella. Era casi imposible escuchar salir ese comentario de una boca ajena. Pero en cuestión de segundos y antes de poder reaccionar de alguna manera más que con mi cara de susto, la miré, y ella sonrió, eso me extraño más todavía, así que lo miré a él nuevamente y éste comenzó a reírse. Entonces comprendí que se trataba de un chiste, de un mal chiste, en un pésimo momento.
Éste individuo del humor pésimo se bajo del vehículo mientras seguía intercambiando palabras con el tipejo que estaba a mi lado izquierdo. El mal comediante acomodaba su chaqueta mientras hacia comentarios insulsos acerca del vestuario que tuvo que ponerse ese día y que los pantalones que tenía se los había buscado en un sitio X…. blah blah blah.
Fue en ese momento en que pude reconocer al gran payaso sin gloria. Se trataba de uno de los concursantes del peor real show que ha tenido la televisión venezolana (protagonistas de novela). Se llamaba Angel.
Irónicamente mi mente ató los detalles de ese encuentro. Era como si el destino me jugara una mala broma, como si yo formara parte de un mal chiste contado por un humorista de segunda.
Recordé como hace, quizás ya, casi un año nos habíamos topado con ese individuo en una discoteca llamada “Goal”. Yo estaba en compañía de mi novia (como la solía llamar en ese entonces) y de una de sus “mejores amigas”, Laura. A diferencia del día de hoy ese había sido un momento de gracia y alegría. Laura se sentía atraía por ese payaso, e inocentemente yo decidí llamarlo y presentárselo para darle un toque pintoresco a nuestra estadía en el local. Angel muy cariñosamente se presento de una manera caballerosa mientras soltaba uno que otro comentario halagador. Luego se marchó. Y nosotros 3 reímos y bromeamos acerca de aquel momento que ingenuamente recordamos con cierta alegría pasajera.
Ese payaso actuó en mi reino cuando todavía tenía reina, y ahora se burlaba de mí, cuando yo yacía en escombros. Inocentemente me mostró la ironía del destino, y no fue más que la introducción a lo que estaba por venir.
Para ese momento ya yo me había apartado de aquellos dos personajes. Alejándome para poder hablarle a ella. Entonces le dije – “¿De que se trata esto, por qué no me atendías las llamadas?” – Lógicamente no podía entenderlo, ya que supuestamente nos encontrábamos en un período de prueba, al cual miserablemente llamamos “Oportunidad”. Por supuesto la oportunidad era para mí. La oportunidad de recuperar su amor. La falsa oportunidad que ella me prometió en un momento por la cruel razón de no seguirme escuchando.
Y ella respondió – “No quería atenderte…”. –
Sus palabras se enterraron en mi corazón, y apretaron aun más el nudo en mi garganta. Yo podía oler su sentimiento de culpa y su vergüenza. Vergüenza de mí, y conmigo. Vergüenza ante el tipo que yo desconocía.
– “Debo suponer que estas saliendo con este carajo, ¿acaso te gusta?” – Dije. Cómodamente ella asintió – “Si, hoy me llamó y salí con el. Él me atrae, me llama la atención, así que decidí salir con él, aunque es primera vez que lo hago.” –
La crudeza de sus palabras era tal que me hacían dudar acerca del amor que debía profesarle. Su aliento estaba bañado de alcohol y de rabia. Rabia de verme allí y haberla descubierto.
¿Primera vez?… cómo creer en eso, si supuestamente me había dado una oportunidad. Cómo creerle si ella me había prometido expresamente confesarme si en algún momento decidía salir con alguien o si se sentía atraída por otra persona.
Me sentí engañado. Traicionado.
Entonces se acercó el tipejo. Una persona delgada (muy adecuada a sus gustos), de ojos claros y cabello castaño claro semi largo. Con ojos vidriosos por el alcohol el muy descarado se dirigió a ella diciendo – “Voy a estar en frente tomándome un whiskey.” – Ella asintió con su cabeza, casi como pidiéndole disculpas y llena de vergüenza. Luego él cruzó la calle y se fue al restaurante Fridays.
Pude darme cuenta que no solamente el tipejo tenía la pinta que a ella le gusta. Sino también era un ser disimuladamente sociable que le gusta conocer gente del ambiente para resaltar, y por su puesto, por su último comentario, disponía de dinero. Pudo muy cómodamente decir “Voy a tomarme algo” o quizás “Voy a tomarme una cerveza”, pero sus intenciones eran más que el simple hecho de transmitir la información de su localización.
El mensaje oculto para mí era, “Tengo dinero”. Claramente ese mensaje no era el mismo para ella. El mensaje para ella era, “Quiero pasar este mal rato con una bebida fuerte”. De esa manera, muy inteligentemente, aunque particularmente pienso que muy ingenuamente, el logró su cometido. Cada quien atrapó el mensaje correspondiente, a pesar de que pude interceptar ambos.
Ya destrozado, fui camino a la entrada del estacionamiento de su residencia. Para no caerme, porque mis piernas temblaban como si sostuvieran toneladas sobre si mismas. Me senté en un pequeño muro.
Ella me acompañó, e intercambiamos palabras.
La conversación resultó lo suficientemente hiriente como para nunca olvidarla. Ese fue su último gran regalo. Insinuándome que era su tormento, que la acosaba. Pidiéndole disculpas por perder la calma. Lamentándose por aun tener que verme próximamente a causa de su computadora estropeada, aun en mi casa. Recordándome una y otra vez, de mil y un maneras que simplemente ya no me amaba. Y restregándome su descarada prisa por ir al encuentro del tipejo nuevo al local de en frente.
No sólo con eso, y por haber indagado, me encaró con la triste realidad de su atracción por el otro. Explicándome la casi segura ocasión de unos besos y caricias con esa maldita boca maltrecha.
Ya sin aliento. Sin voz. Con un abismo en mi pecho y el típico nudo en la garganta, mis lágrimas decidieron saltar a mi rostro como un vaso rebozándose de agua, y le dije – “¡Que ironía!, yo aquí destrozado de amor por ti… y aquel tomándose un trago, y sin sentir por ti una cuarta parte de lo que siento, irás a su encuentro.”
Pude ver en sus ojos lo absurdo de mi significado. Y su inerte prisa que solo pedía a gritos que me fuera. – “¿Cómo tienes alma para hacer esto?”, Reclamé – Me puse de pie y mientras me hacía a un costado exclamé – “¡Bendita sea la inocencia de ese ser!… ¡Tiene demasiada suerte!… Cuídate.” – Y alejándome continué pensando en lo incompleta de mi frase, el vivo reflejo de cuando no se dice todo lo que se piensa para no herir – “Bendita sea la suerte de ese ser… Tiene demasiada suerte de no amarte. Cuídate… de tu necia voluntad por surgir de donde lo tienes todo”.
Alejándome… la observé una vez más. Cruzar la calle y patear mi dignidad. Rumbo al encuentro de otro. De una nueva sonrisa. Al encuentro de la incógnita de un pensamiento distinto. Otros labios, otra mirada, otro cuerpo. Otro que le ofrece lo que yo ya no puedo. La emoción de una primera vez.
La sutileza de un primer encuentro derrumbó mi obra maestra. Mi más bella relación sucumbió ante las necesidades más básicas de una mujer. Libertad mal interpretada. Decepciones sin ánimos de ser superadas.
Bien es cierto que nada es eterno. Todo muere. Pero ese detalle no es excusa para no aceptar que existen ciertas cosas que pueden morir junto y con nosotros.
Así que me llevé mi despreciado amor en un bolsillo.
Mis sospechas, mi más profundo temor se había materializado justo en frente de mis ojos.
Mi magnificente embarcación había naufragado. Se hundía hecha pedazos, con su capitán a bordo y todos sus pasajeros aterrorizados.
Entré por las puertas de mi propio infierno. Y sin remedio alguno caminé hasta mi vehículo.
En medio de mi desafortunada experiencia me vi retratado en uno de los roles que nunca pensé interpretar. Y así mismo, en medio de cuestionamientos a Dios, en medio de lágrimas, arrepentimientos y muchos “¿por qué?”, llegaba a la sabía conclusión que no dependía de mí decidir cuales papeles interpretaría en mi vida. Ellos llegaran en su debido momento, sin importar cuan benditos o malditos puedan ser.
Entonces llegué a pensar – “Lo vivirás en carne propia” –
Sumergido en el despecho, me dirigí al primer cajero automático de la zona. Retiré algo de dinero y emprendí mi propia marcha en busca de un objetivo necesario para la circunstancia… alcohol.
Fui comprando cervezas en el camino. Por donde pasara y se me acabara la bebida hacia una corta parada en busca de más. Fumaba y tomaba, como quien usa un bálsamo para aliviar el dolor. Pero lo único que lograba era incrementar el grado de mi pensamiento obsesivo. Hundiéndome cada vez más, continué sin darle mayor importancia a lo que sería de mí.
Entonces, con mi errante conducir, pasaba justo por la avenida principal de Las Mercedes cuando el tráfico se detuvo sorpresivamente. Aparentemente sin motivo alguno. Encendí un cigarro más con el rostro bañado en lágrimas tratando de calmar mi crisis. El tráfico avanzaba muy lentamente.
Bajé el volumen de la radio cuando pude observar que a escasos metros del semáforo había un choque. Eso era el motivo del tráfico repentino. Un choque que al parecer había ocurrido hace algunos minutos. A mi lado izquierdo pasó muy rápidamente una moto deportiva con una bella chica de parrillera que llevaba un pequeño bolso blanco colgando de su espalda.
Detalles… más detalles tocaban a mi puerta. Para mi sorpresa uno de los vehículos protagonista del choque era un Corsa blanco, que yacía completamente sobre la acera de la esquina izquierda impactado contra el muro de un edificio. Irónicamente recordé como mi antiguo vehículo, un Corsa gris, había quedado de la misma forma en una esquina de Plaza Venezuela cuando fui impactado por un Malibu. Milagrosamente salí ileso de aquel viejo siniestro, yo y mis acompañantes de aquel día.
El segundo personaje del choque era un rústico cuatro puertas, cuya marca no puedo recordar, posiblemente una Cherokee o una Toyota. Esta Camioneta estaba mucho menos golpeada, apenas se podían apreciar unos daños en su parte frontal.
Por desgracia el conductor del Corsa no parecía haber tenido tanta suerte. Quedé completamente paralizado cuando vi el bolso blanco a las espaldas de la muchacha de la moto. Ella estaba arrodillada sobre el pobre infortunado conductor del Corsa, un muchacho joven vestido de jean y franela Adidas. Clavé mi mirada fijamente en esa fotografía, seguidamente el conductor de la moto sostenía la cabeza del muchacho, y ambos, la chica sosteniendo su mano y el otro sosteniendo su cabeza exclamaban desesperados pero con mucha esperanza – “¡Tú puedes con esto!… ¡Vamos, todo va a salir bien!… ¡Resiste por favor, yo sé que tu puedes!”.
Aún conmocionado seguí de largo. Pisé el acelerador a fondo. Y me pregunté – “¿Así llegarán los mensajes de Dios a nuestras vidas?” –
No sólo era irónico el mismo hecho que fuera una reproducción en otra localización de un choque en el que yo había estado, y que gracias a Dios había salido ileso. Eso era la parte más básica del mensaje, donde se me decía “Todo pudo ser peor… Todo puede ser peor”.
También me perturbaba lo paradójico de las palabras dirigidas de parte de los motorizados hacia el pobre muchacho. Era como si justamente tenía que escucharlos en ese momento en que mi soledad no me permitía escucharme decir esas palabras de consuelo. Era como si el universo estuviera de alguna extraña forma dando a cada uno de nosotros lo que realmente necesitaba ver, escuchar o experimentar.
Aquellas palabras me acompañaron por el resto de la noche… “¡Tú puedes con esto!… ¡Vamos, todo va a salir bien!… ¡Resiste por favor, yo sé que tu puedes!” y con todo el respeto me las tomé personalmente, a pesar que no eran para mí, extrañamente les había prestado atención. Necesitaba escucharlas, necesitaba sentirlas en aquel momento donde quizás el alcohol y mi crisis me hubieran llevado a un lugar menos apropiado.
Un poco más tranquilo, con un leve sollozar en mi mente continué mi camino. Compré una cerveza más. Y me fui de nuevo al lugar de los primeros acontecimientos de la noche.
Estacioné el vehículo en una farmacia de la misma cuadra. Me bajé y caminé hacia el edificio nuevamente. Pasé por el lugar donde justamente ella estaba hablando con Angel y el tipejo. Pasé luego el pequeño muro donde descansé mis piernas y hablé con ella. Y seguí directo a las puertas de su edificio. Me detuve justo en frente del intercomunicador y soñé despierto lo que muchas veces había sido una trivialidad molesta para mí… marcar su número de apartamento, avisarle que estaba abajo, y esperar a que finalmente bajara. Podía verla bajar las escaleras del fondo del pasillo. Podía verla tocar el interruptor que abre la puerta y luego acomodarse ligeramente el cabello en el espejo a su izquierda… Finalmente llegó a la puerta y me sonrió, como siempre suele sonreír. Abrió y me saludó con un tierno beso en la boca…
Ya ese momento no se repetirá jamás. Ahora ese momento tiene una importancia invaluable en mi vida. Y una importancia miserable en la de ella.
Dejé de soñar y caminé hacia un costado, donde estaba la tienda de sastrería con la santa maría abajo. Miré al piso al lado derecho de la santa maría y observé un solitario vagabundo arropado de los pies a la cabeza. Me hice más al lado izquierdo, llegué al otro extremo de la santa maría y allí me senté. Empinando mi cerveza después de cada aspirar del cigarro y viendo el friolento temblar del mendigo arropado, que lentamente me fue contagiando. Primero su frío, más tarde su absoluta sensación de abandono.
Aquel hombre friolento destapó su cabeza al sentir mi presencia. Me miró a los ojos, y sin pedir explicación alguna ni hacer mayor hincapié en nada, dijo – “Hola primo” – Incorporándose nuevamente a su posición de capullo.
Le devolví aquel corto saludo igualmente sin importar que hubiera pensado aquel hombre de mí y continué con mi cerveza.
Recordé. Quizás demás, en aquel lugar. Hice innumerables oraciones y pedí gran cantidad de deseos. Allí agoté hasta la última gota de mi esperanza… y de mi última cerveza.
Por fin, me incorporé y me dirigí al vehículo. No sin antes voltear y verla una vez más cruzar la calle, sin mirarme, dándome su espalda.
Encendí el vehículo y rodé directamente a la cuadra donde estaba el teléfono mágico, entonces, llamé al amigo que me había dado el truco. Para colmo, me atendió la contestadora, así que le dejé un breve resumen de menos de un minuto de todo lo que había pasado esa noche.
Finalmente me fui a casa ese día, como a eso de las 5:30am.

Lógicamente, a los días pude enterarme que las cosas habían sido un tanto diferentes, como siempre lo son. Ella confesó en una llamada telefónica que se había besado con el tipejo incluso antes de llegar a encontrarme esa noche…
Faltó su palabra de supuesta oportunidad que me brindaba, de la manera más básica que comúnmente se le puede llamar infidelidad. ¿Será infidelidad si ya no me amaba?. Para ella no lo es así. Para ella, simplemente no dijo la verdad del todo. Para ella solamente estaba jugando a ser misericordiosa con un ser que aun la amaba con toda el alma. Pero para mí, tristemente, sigue siendo una infidelidad. Una traición demasiado pronta e imborrable en mi conciencia. Para mí es una pesadilla que se ha hecho dueña de mis noches. Para mí es un pensamiento obsesivo que se ha hecho dueño de mis días. Es un estado permanente de semi conciencia entre dormido y despierto. Un letal insomnio en la absoluta pureza de su significado.

Esto no es una historia, ni un cuento, ni un mito. Es un gran paso… un gran paso para los que aun no han concebido la infinidad de la estupidez humana.
Lo tuve todo y lo perdí. Ella lo tiene todo aún, pero ya no lo ve así.
Ambos buscamos una solución lejos de nosotros. Una persona mejor que nunca llegará. Porque no existen mejores ni peores. Solo existe el amor y la fé en cada una de sus diferentes facetas…

y DETALLES.




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